Hijos y liderazgo

Hijos y Liderazgo
Hijos y Liderazgo

Hace un par de semanas recibí una lección muy importante por parte de mis 3 hijos, una de muchas, pero esta me caló de manera especial, ya que fue una bofetada de sinceridad, de esas que suelen dar los niños…. tendríamos que escucharles más.

Resulta que llevábamos unos 6 meses construyendo un puzzle tridimensional de la Torre Eiffel, de casi 900 piezas. En su día vi en ese regalo de cumpleaños una oportunidad más de hacer una actividad conjunta con ellos en casa, y, por la dificultad del puzzle, un reto apasionante con el que conseguir un objetivo común. Hasta ahí todo bien. Durante los dos primeros meses estuvimos trabajando varios ratos por las tardes y los fines de semana, pero ciertamente no avanzábamos demasiado, hasta que llegó un momento en que nos distanciamos de la actividad por mera desesperación.

Tras varias semanas de abandono, el otro día, comiendo, les pregunté a mis hijos: ¿Queréis que volvamos a hacer el puzzle? Uno de ellos, el más lanzado, me respondió. “No papá, porque te molestamos”. En seguida me di cuenta de que esa respuesta la compartían sus dos hermanos al verles asentir. Mi mujer me miró estupefacta, no sé sí por la respuesta o por cómo se me quedó la cara. En ese momento comprendí que desde el minuto 1 cometí el mayor error que se puede hacer en un trabajo en equipo, asumí la construcción del puzzle como un reto personal, mío y sólo mío, obviando desde el principio el pilar fundamental de todo trabajo en equipo, el reparto de responsabilidades y las habilidades y personalidades de tu equipo. Yo quería hacer ese puzzle y que ellos me ayudaran, pero en ningún momento tuve en cuenta las capacidades de mis hijos, ni analicé en qué me podía ayudar cada uno de ellos, ni hice una planificación adecuada, nos pusimos a hacer el puzzle sin más, con un reparto de tareas sin criterios fundamentados.

Desde el principio asumí toda la responsabilidad y, al no coordinar convenientemente las tareas ni haber sabido hacerles responsables y partícipes de ellas, percibía que mis hijos molestaban más que ayudaban, que desordenaban piezas más que organizarlas, aunque ellos pusieran todo el empeño en colaborar. Consecuencia, se aburrían y se apartaban de la actividad para hacer otras cosas, quedándome yo sólo con mi cabezonería hasta que me aburrí también, y acabé abandonando el puzzle. Desde el principio olvidé que el puzzle era un trabajo en equipo, como un proyecto, en un entorno lúdico sí, pero un proyecto como cualquier otro, en donde son vigentes las mismas reglas que en un proyecto en un entorno profesional.

La rotundidad de la respuesta de mi hijo me hizo pensar y darme cuenta de que por mucho que tengamos asumidos conceptos, por mucho que hayamos coordinado y participado en proyectos, por mucho que sepamos de la vida, o creamos saberlo, nos dejamos llevar por nuestros impulsos, por el día a día, por el paso del tiempo, obviando a los que nos rodean, obcecándonos en nuestro objetivo final sin tener en cuenta los pasos intermedios.

En esa misma tarde nos pusimos manos a la obra pero esta vez con el enfoque adecuado. Tras hablar con cada uno de ellos hicimos un reparto de tareas en función de sus gustos y habilidades, dividiendo el objetivo general por objetivos pequeños, adecuándolos a cada hijo en función de sus habilidades, gustos y expectativas, en definitiva, escuchando y teniendo en cuenta cada una de sus personalidades, para asignarles el rol más adecuado a sus capacidades.

Todos los equipos de trabajo son buenos, la clave está en cómo los organices. Al principio daba por sentado que por ser niños veían en esta actividad un juego más con su padre, y perdí la visión de que ellos querían construir la Torre tanto como yo, pero necesitaban una guía, necesitaban sentirse involucrados, necesitaban sentirse partícipes de verdad.

Resultado, acabamos en 4 tardes lo que de la otra manera ni veíamos salida y acabamos abandonando. Y no sólo eso, si no que hemos sido capaces de construir además dos casas de Lego que teníamos pendientes, y ya estamos ansiosos por construir más grandes monumentos, porque, aparte de la consecución del objetivo, lo pasamos bien, nos reímos mucho, y compartimos impresiones sobre la actividad, qué nos gustó más, qué nos gustó menos, cómo podríamos mejorar, en definitiva, HICIMOS EQUIPO. Simplemente maravilloso.

¿Os suena esto en las empresas verdad?, ¿los jefes o líderes asumen responsabilidades o las reparten?, ¿tienen en cuenta la personalidad y habilidades de sus equipos o no?, ¿hay comunicación de verdad en los equipos de trabajo?

Ahora miramos nuestra Torre Eiffel con orgullo, pero no sólo por el hecho de haberla acabado, que también, si no por el aprendizaje que su construcción ha aportado en nosotros, nos conocemos más y mejor, y nos ha abierto un nuevo horizonte de actividades conjuntas.

Esta debe ser la consecuencia de un buen liderazgo, ya que se lidera a las personas, no a los proyectos.

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